Cuando el silencio no es de oro (Parte I)

Siempre se nos ha dicho que cuando alguien nos dice algo hiriente debemos “dar la otra mejilla”. También, se nos ha dicho que cuando estamos enojados y queremos decir algo hiriente a alguien, que mejor no digamos nada si no tenemos nada amable qué decir. Se nos enseña a morder nuestros labios y contener nuestras lenguas cuando nos sentimos enojados y frustrados; el silencio es mejor que dejar salir esos sentimientos. Nos han enseñado desde pequeños que “el silencio es de oro”.

Pero hay veces en que el silencio puede lastimar más que un golpe o incluso que las palabras más duras o herir más que cuchillos afilados. Cuando el silencio es alimentado por la rabia y mantenido por el resentimiento, se hace letal. Y, desafortunadamente, muchas mujeres conocen este “tratamiento del silencio” muy bien. Hay que admitir que muchas mujeres han experimentado este tratamiento del silencio de ambos lados: recibiéndolo y dándolo.

“El tratamiento del silencio” simplemente consiste en abstenerse de hablar. Pero, a veces está acompañado por un aire frío, malicioso o indiferente, que causa no solo la carencia de palabras, sino también un intento por descuidar o lastimar.

El silencio entre esposos

 Hombres y mujeres manejan los conflictos de forma diferente. Mientras que muchos hombres cuando se enojan pierden los estribos, gritan o levantan sus voces o, peor aún, levantan la mano; las mujeres tienden a callarse y calmarse. Muchas de ellas recurren al tratamiento del silencio. Cuando las cosas no salen como la esposa lo espera, ella puede decidir que, en lugar de pelear con su esposo, elegirá evitarlo, ignorarlo y negarse a hablar con él. Ella le da la espalda, lo evita con la mirada, todo eso mientras se sigue ocupando de la casa, de los hijos, de la comida, etc. ¿Cómo es esto posible? Esto es posible y altamente probable en muchos hogares.

 Una vez, alguien me dio un consejo prematrimonial: “No tengas ninguna expectativa”. Lo que esto significa es que: si tenemos alguna expectativa y esta no se realiza, estaremos decepcionados y enfadados. Entonces, estallaremos de una forma u otra. Muchas mujeres no “estallan” con palabras, ellas se retiran y “esperan” que la otra persona simplemente sepa lo que está pasando. Tomemos por ejemplo una rutina de aniversario de bodas. Una mujer puede “esperar” algo especial, pero su esposo puede ser pragmático y presentarse ante ella con algo práctico o, peor aún, con nada. Ahora, ella no habla con él. Él no comprende por qué. La mayoría de las mujeres que la conocen saben exactamente lo que ella está sintiendo; incluso muchas de las que están leyendo esto pueden haber experimentado la misma situación.

 El problema surge cuando incidentes como este ocurren y nosotras nos callamos y dejamos de hablar. Nos enfurecemos y, en lugar de explicarnos a nosotras mismas o exigir una explicación, ponemos mala cara y esperamos que nuestros esposos sepan lo que está pasando. Pero este tratamiento del silencio es venenoso para un matrimonio. Es como un iceberg entre un esposo y una esposa; crea un distanciamiento entre ambos que, incluso si el tiempo soluciona esto, otro distanciamiento surgirá y el nuevo será aún mayor que el primero. Esto es porque, una vez que la mujer adquiere el hábito de usar el tratamiento del silencio, este se convierte en su arma más fácil de usar, y también usará esta arma al lidiar con todas sus otras relaciones.

 El silencio rencoroso entre las hermanas

 Las mujeres son conocidas por tener la habilidad de establecer fuertes lazos entre ellas. Ellas pueden ser las amigas más queridas, manteniendo eternas amistades que perduran a través de años de alegrías y tristezas. Pero, durante esos tiempos, algunas de esas amistades se encuentran con episodios de ruptura. A diferencia de otras rupturas que pueden resultar en discusiones y peleas, muchas rupturas en relaciones de mujeres adultas terminan debido al simple, pero significativo, tratamiento del silencio. Este rompimiento del diálogo dice más que muchas palabras. Una mujer sabe que no ser tomada en cuenta o ignorada por una amiga es peor aún que una guerra de palabras.

 Por ejemplo, recuerda cuando estabas en el colegio o la universidad, y de pronto algunas de tus amigas decidieron que no querían seguir siendo tus amigas. Comenzaron a ignorarte y a hacer caso omiso a todo lo que decías. No importaba lo que dijeras o lo que hicieras, a ellas no les importabas más y tú no sabías por qué. Quizás fue porque ayudaste a una amiga con su tarea pero no a otra o tal vez llamaste a una de tus amigas la noche anterior pero no a otra. Puede haber sido cualquier cosa o tal vez nada. La razón es insignificante, pero las consecuencias son catastróficas. El punto es que el resultado es una forma de tratamiento del silencio que es perjudicial para todos los involucrados.