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Los Hijos

Una de las mayores ambiciones de la humanidad es dejar hijos que porten el apellido de la familia. Sin embargo, si no se lo hace buscando el deleite de Dios, ese afán bien puede ser un factor que saque al individuo de Su sendero.

En definitiva, todos somos probados con nuestros hijos y lo correcto es tratarlos de tal manera que Dios acepte nuestra conducta:

Vuestra hacienda y vuestros hijos no son más que tentación, mientras que Dios tiene junto a Sí una magnífica recompensa. (Corán, 64:15).

En el versículo es muy importante el término traducido como “tentación”. Para muchos una de las cosas principales es tener descendencia.

Pero en el sentido coránico el creyente sólo la quiere con el objeto de obtener la complacencia de Dios. De no ser así, es decir, si la buscamos sólo para satisfacer nuestros deseos, significa adscribir socios a Dios. El Corán nos habla de ello:

El es Quien os ha creado de una sola persona (Adán), de la que ha sacado a su cónyuge (Eva) para que encuentre quietud en ella. Cuando yació con ella, ésta llevó una carga ligera (el comienzo del embarazo), con la que iba de acá para allá; pero cuando se sintió pesada, invocaron ambos a Dios, su Señor: “Si nos das un hijo bueno, seremos, ciertamente, de los agradecidos”. Pero, cuando les dio uno bueno, pusieron a Dios asociados en lo que El les había dado. ¡Y Dios está por encima de lo que le asocian! ¿Le asocian dioses que no crean nada ―antes bien, ellos mismos han sido creados―…? (Corán, 7:189-191).

Los profetas citados en el Corán sólo buscaban complacer a Dios cuando le pedían hijos. Un ejemplo de ello lo da la mujer de Imran:

Cuando la mujer de Imran (la abuela materna de Jesús) dijo: “¡Señor! Te ofrezco en voto, a Tu exclusivo servicio, lo que hay en mi seno. ¡Acéptamelo! Tú eres Quien todo lo oye, Quien todo lo sabe”. (Corán, 3:35).

El ruego del profeta Abraham (P) también establece un ejemplo para todos los creyentes:

¡Y haz, Señor, que nos sometamos a Ti, haz de nuestra descendencia una comunidad sumisa a Ti, muéstranos nuestros ritos y vuélvete a nosotros! ¡Tú eres, ciertamente, el Indulgente el Misericordioso! (Corán, 2:128).

En el versículo, el pedido sobre las características de la descendencia es una forma de pedir el favor de Dios, una forma de adorar a Dios. Pero si la intención es otra, se puede sufrir graves consecuencias en este y en el otro mundo.

Los creyentes reconocen a los hijos como individuos que Dios les ha confiado. En consecuencia, no cabe el engreimiento por el éxito o la inteligencia de los mismos pues es Dios quien les concedió esas aptitudes. La jactancia por los dones que exhiben, es simplemente un acto de extravío.

La arrogancia tiene consecuencias muy serias en el Más Allá. El infatuado querrá pagar su salvación el Día del Juicio entregando a los hijos, a la esposa o a los familiares cercanos.

El deseo de evitar el castigo horroroso lleva a abandonar enseguida a los seres queridos. No obstante, ante el tribunal de Dios el reo no podrá escapar del terrible final que le espera.

En la sociedad de la ignorancia los hijos se convierten en fuente de muchos problemas no sólo en el Más Allá sino también aquí. Desde que nacen entrañan pesadas responsabilidades y es una experiencia especialmente difícil para las madres. Al saberse embarazadas deben cambiar su estilo de vida y reordenar sus prioridades para poner la atención principal en lo que llevan en el vientre.

Deben modificar los hábitos de comer, el modo de dormir, es decir, todo lo que tiene que ver con el comportamiento diario. Ante la cercanía del parto les resultan difíciles hasta los movimientos más comunes. Pero las mayores dificultades comienzan luego del nacimiento de la criatura. Esta insume casi todo su tiempo y esperan que el bebé crezca para que les deje más horas libres con el objeto de invertirlas en otras cosas. Pero en verdad, los años pasan más rápido de lo que parece.

Si lo hecho en ese tiempo por la madre es para alegría de Dios, se lo puede considerar como una forma de adoración a El.

De lo contrario, como sucede con frecuencia en las sociedades alejadas de las normas religiosas, se sufre distintos tipos de desengaños pues la descendencia desarrolla una personalidad egoísta, propia del medio en el que vive. Los chicos sólo muestran interés por sus padres si ello les aporta algún beneficio, en tanto que éstos se dan cuenta de eso demasiado tarde, es decir, cuando aparecen los problemas que acarrea el envejecimiento. De manera opuesta a lo que esperaban, es decir, que cuando sus hijos sean grandes les ayuden en todos sus requerimientos propios de la edad avanzada, se encuentran con que se desentienden de ellos o los meten en un geriátrico.

Dios presenta en el Corán a los creyentes como personas responsables y misericordiosas con sus padres, especialmente si son ancianos:

Tu Señor ha decretado que no debéis servir sino a El y que debéis ser buenos con vuestros padres. Si uno de ellos o ambos envejecen en tu casa, no les digas: “¡Uf!” y trates con antipatía, sino que sé cariñoso con ellos. Por piedad, muéstrate deferente con ellos y di: “¡Señor, ten misericordia de ellos como ellos la tuvieron cuando me educaron siendo niño!”. (Corán, 17:23-24).

 Como podemos comprender de estos versículos, es honorable criar a los hijos a la luz de los valores coránicos. Pero si los padres incrédulos crían a los suyos con los preceptos de la sociedad de la ignorancia, el esfuerzo que hagan no tendrá sentido ni en este mundo ni en el otro. Y si los hijos rechazan las enseñanzas coránicas, los padres se ganan, de todos modos, el contento de Dios. Y no hay ningún protector o auxiliador fuera de El.

 

Por otra parte, los que buscan que los hijos les faciliten los beneficios mundanales, no serán auxiliados ni aquí ni en el Más Allá:

Ese día (es decir, el día del Juicio), cada cual tendrá bastante consigo mismo. (Corán, 80:37).

Como dijimos antes, el ser humano es creado solamente para servir a su Creador. Todo lo que le rodea y su vida, existen con el único objetivo de ponerlo a prueba. Nada más que sus obras serán juzgadas después de morir y de acuerdo al resultado será premiado con el Paraíso o condenado al Infierno.

En resumen, a la persona no se la valora por su riqueza, belleza o cantidad de hijos, sino por su taqwa, es decir, su respeto reverencial a Dios:

Ni vuestra hacienda ni vuestros hijos podrán acercaros bien a Nosotros. Sólo quienes crean y obren bien recibirán una retribución doble por sus obras y morarán seguros en las cámaras altas (del Paraíso). (Corán, 34:37).

A quienes no crean, ni su hacienda ni sus hijos les servirán de nada frente a Dios. Esos tales morarán en el Fuego eternamente. (Corán, 3:116).

Ni su hacienda ni sus hijos les servirían de nada frente a Dios. Esos tales morarán en el Fuego eternamente. (Corán, 58:17)

Fuente : Isalm en linea